Gnosis | LibroSuscríbase al canal de Telegram para ser notificado de las nuevas publicaciones | |||
La Biblia es la herramienta de control que justifica a la Iglesia del PapaMauro Biglino SG y Neville Goddard SG (SG=SuperGrok) proponen 2 interpretaciones distintas a la de la Iglesia Católica Romana
La Biblia no es un libro, sino «libros». Un conjunto de textos de épocas, autores, lenguas y finalidades distintas. Y la lectura que las religiones han impuesto sobre ese conjunto no coincide con lo que el hebreo —y, en otro sentido, el griego del Nuevo Testamento— dice de forma literal. Empiezo por la composición, que ya basta para desmontar la idea de un bloque unitario e «inspirado». El canon cambia según quién lo recorte:
En La Biblia al desnudo lo llamamos una colección de geometría variable, porque el título es el mismo pero el contenido no. Además, el propio corpus menciona obras que ya no están, y al menos once libros citados en el texto faltan del recuento. Los redactores no son los que la tradición asigna; de casi ninguno tenemos certeza histórica. El hebreo masorético que yo traduje para las Edizioni San Paolo (diecisiete libros del Antiguo Testamento a partir del Códice de Leningrado) no es «el original primero»: es una fijación medieval de un texto trabajado, corregido, añadido y recortado durante siglos. ¿Han sido todos malinterpretados? Hay que distinguir, porque el engaño no es el mismo en las dos mitades. En el Antiguo Testamento el problema no es tanto que «no se entienda» el hebreo, sino que se ha querido no leerlo. La lengua no conoce un término para «Dios» como ente espiritual, único, omnisciente y objeto de culto. Elohim es un plural que designa individuos de carne y hueso; Yahvé es uno de ellos; tselem y demut son imagen y semejanza físicas; el kavod es un objeto; no hay alma inmortal distinta de la de los animales; no hay pecado original; no hay creación ex nihilo (de la nada) . Quien traduce «Dios», «ángeles», «gloria divina», «alma» o «pecado» está superponiendo categorías teológicas que el texto no contiene. Como escribí en La Bibbia non è un libro sacro y en Antico e Nuovo Testamento. Libri senza Dio, se ha cubierto lo claro, evidente y comprensible para todos bajo capas de alegoría, metáfora y misterio, con el fin concreto de construir una planta teológica —judía y cristiana— que crece de forma autónoma e irrespetuosa respecto al texto. En el Nuevo Testamento el problema es otro, y en cierto modo más grave. No reside principalmente en traducciones forzadas del griego —aunque las hay—, sino en lo que los redactores inventaron al escribir. Los llamados autores canónicos no conocieron al predicador judío mesianista Yehoshua/Giosuè. Escribieron después de que Pablo de Tarso hubiera elaborado su figura crística, duramente rechazada por quienes sí habían conocido al personaje en vida, empezando por su hermano Santiago. Tomaron modelos helenísticos de muerte y resurrección (Dioniso, Attis, Horus, Mitra…) para fabricar un Cristo aceptable en el mundo greco-romano. El Dios Padre espiritual del que ese Cristo sería hijo no existe en el Antiguo Testamento; el pecado del que vendría a redimir no está escrito en el hebreo. Faltan el mandante y el movente. Por tanto: sí, es una biblioteca, no un volumen sagrado único. Y sí, la interpretación oficial —la que sostiene a la Iglesia del Papa (*) y a las demás confesiones que se reclaman de esos textos— ha sustituido de forma sistemática la lectura literal por una construcción dogmática. No cada versículo con la misma intensidad, pero sí el sentido de conjunto: se ha hecho decir a esos libros lo que no dicen, y se ha callado lo que dicen con toda claridad. Es importante saber lo que de verdad se dice en la Biblia, porque obliga a reescribir el relato de quiénes somos. Si se «hace como si» los autores hubieran querido contar hechos, sale una historia concreta: unos Elohim de carne y hueso que se reparten territorios, fabrican una estirpe trabajadora, exigen servicio y usan una superioridad tecnológica. Eso interesa porque desmonta el antropocentrismo teológico («existimos para amar a Dios») y porque explica de dónde salió el poder de las religiones, al convertir esa crónica en revelación. Una humanidad que no sepa leer esos libros sin dogmas sigue viviendo dentro de una construcción ajena al texto. La Biblia no narra al Creador del cosmos. El hebreo no describe un Dios espiritual que saca el universo de la nada. Describe operadores que actúan sobre una Tierra ya existente que delimitan un gan (jardín) recintado en Edén, experimentan, «hacen» al adam. Yahvé no es el autor del mundo; es uno de muchos Elohim, celoso, bélico, que reclama un pueblo y un territorio. Que ese escenario nos parezca infernal —guerras, herem, sacrificios, miedo— es un juicio nuestro. El texto no habla de un Demiurgo cósmico del mal; habla de señores territoriales. Se nos diseñó genéticamente para hacernos esclavos a cambio de la comida procedente de la agricultura basada en su diseño genético llamado trigoUn pueblo concreto fue puesto a servir. Avad / eved no es metáfora piadosa. Es trabajar, servir, ser siervo. Josué 24 lo dice sin rodeos. Elegid a quién serviréis, si a los Elohim de Mesopotamia, a los del país amorreo o a Yahvé. Los Elohim andan buscando gentes de las que «hacerse servir». Israel no es una asamblea de almas libres. Es una colectividad ligada a un señor que exige obediencia, tributo, primicias y culto. El texto y la paleobotánica coinciden. El gan-be-eden es un recinto experimental donde se plantan y se hacen crecer vegetales. Tras la expulsión, al adam se le dice que comerá el fruto de la tierra con el sudor de su rostro. El pan como trabajo forzado, no como don espiritual. En La Bibbia non parla di Dio documenté, con datos de Francesco Salamini y Dario Bressanini, que el trigo blando (Triticum aestivum) es el resultado de fusiones genómicas «imposibles» en la naturaleza, ocurridas en el Creciente Fértil en las mismas milenios y zonas de las que hablan Génesis y los relatos sumerios. En esos relatos, Anunnaki y Enlil hacen bajar el grano del Kur o del cielo a un Sumer (*) que aún no lo conocía. Los humanos, en la línea mesopotámica que el Génesis refleja, se fabrican como mano de obra. ¿El trigo como herramienta de control alimentario? El texto permite la hipótesis de un alimento introducido y de una estirpe puesta a cultivarlo.
Yahvé
La prueba de lealtad con la garganta del hijo. Génesis 22. Yahvé pide a Abraham que inmole a Isaac. El cuchillo llega al cuello. En La Biblia al desnudo lo comparo con la lógica del capo. Mata a los tuyos y demostrarás que eres mío. Kierkegaard lo llamó heroísmo de la fe. El texto es una intimidación. Los primogénitos como carne suya. Yahvé declara que los primogénitos —humanos y de ganado— le pertenecen. En un primer tiempo no hay metáfora. Se sacrifican. Él mismo lo admite en Ezequiel 20,25-26. «Les di decretos que no eran buenos y normas por las que no podían vivir… los contaminé con sus ofrendas, haciendo que pasaran por el fuego a todo primogénito… para consternarlos, a fin de que reconocieran que yo soy el Señor.» Luego se pasa al chantaje monetario. A los treinta días puedes rescatar al recién nacido pagando. Si no pagas, el niño es suyo. Egipto. Plagas y matanza de niños ajenos. El «amor eterno» del Salmo 136 se canta así. Hirió a los primogénitos de Egipto, porque su amor es eterno. Arrojó al faraón y a su ejército al mar, porque su amor es eterno. Mató a reyes poderosos y dio su tierra a Israel, porque su amor es eterno. Ese amor no es a la humanidad. Es a su pueblo, medido en cadáveres de los otros. El herem, la destrucción votiva. En Josué el procedimiento es administrativo. Se toma la ciudad y se entrega al anatema. No queda nadie con vida. Jericó, Hai, Debir, Libná, Mackedá, la tierra alta, el Négueb, la tierra baja. Hombres, mujeres, niños, ancianos. «No dejó superviviente.» Josué 10 dice que lo hicieron con satisfacción. No es un exceso de la tropa. Es la orden del jefe para vaciar un territorio y reinante. Madián (Números 31). Los madianitas son parientes. Descienden de Abraham. Da igual. Tras la batalla, Moisés se enfurece porque han dejado vivas a las mujeres. «¿Habéis dejado con vida a todas las mujeres? Matad a todo varón entre los niños y a toda mujer que haya conocido varón.» Se reservan a las vírgenes como botín. En el reparto, Yahvé tiene su parte. Cientos de ovejas, bueyes… y 32 muchachas. Un Dios espiritual no necesita cuota de ganado ni de niñas. Un comandante que comparte el botín, sí. Amalec (1 Samuel 15). La orden es explícita. Exterminar a hombres, mujeres, niños, lactantes, bueyes, ovejas, camellos, asnos. Saúl deja vivo al rey Agag y reserva el mejor ganado. Yahvé se arrepiente de haber hecho rey a Saúl por esa desobediencia. El profeta Samuel termina el trabajo degollando a Agag. La piedad es el delito. El reglamento de guerra (Deuteronomio 20 y 7). Ciudades lejanas. Se ofrece la paz. Si se rinden, se les somete a trabajo forzado. Si resisten, se mata a todos los varones y se toman mujeres, niños y ganado. Naciones de Canaán. Ninguna paz. Hay que destruirlas para que no enseñen el culto de sus Elohim. Si una ciudad israelita se pasa a otro Elohim (Deuteronomio 13), espada a los habitantes, incendio de la ciudad, no reconstruirla. El monolito no es espiritual. Es monopolio de un señor sobre su rebaño. Otras piezas del mismo carácter. El becerro de oro. Los levitas matan a unos tres mil hermanos por orden. Coré y los rebeldes. La tierra se los traga. El censo de David. Una peste que, según el relato, mata a decenas de miles. El Diluvio y Sodoma, leídos en la misma clave, no son «justicia cósmica». Son eliminaciones masivas atribuidas a la misma casta. Yahvé se define qanna, celoso. Castiga la culpa de los padres en hijos y nietos. Endurece el corazón del faraón y después lo castiga por tenerlo duro. Manda leyes de muerte por el sábado, la «blasfemia», el hijo rebelde, las relaciones que él declara toevah.
Eso es lo que está escrito. No es el Padre del catecismo. Es Yahvé. Y la Iglesia de Roma —y las demás confesiones que se reclaman de esos libros— ha tenido que espiritualizar cada una de estas páginas para no tener que decir en voz alta lo que el hebreo dice sin vergüenza. El olor a carne quemadaAñado lo que el hebreo no esconde y la teología convierte en «perfume espiritual». Yahvé quiere oler la carne y la grasa ardiendo. El término olah (de donde sale «holocausto») no es un símbolo. Es la víctima —casi siempre un animal; cuando hace falta, también un ser humano— quemada por entero. No queda parte para comer. Lo que sube, lo que se ofrece, es el humo. Mejor dicho, el olor. Los autores lo llaman reah nihoah. Las Biblias piadosas traducen «aroma agradable», «perfume grato al Señor». El hebreo es más preciso. Nihoah es lo que calma, lo que alivia, lo que hace cesar la tensión. No es un Dios que se conmueve estéticamente. Es un individuo que inhala unos vapores concretos y con ellos se serena. Levítico 3 da la receta con detalle de carnicero, no de místico. Hay que quemar la grasa que cubre las vísceras, toda la grasa adherida a las entrañas, los dos riñones con su grasa, el lóbulo del hígado. Si es un carnero, también la cola y el muslo derecho. La cola del cordero se separa de la columna. Nada de reses ciegas, cojas, ulceradas, sarnosas o con los testículos aplastados o cortados. «No os serán aceptas.» El tono es el de quien amenaza. No me traigáis género defectuoso. Sangre y grasa le están reservadas. El pueblo no las come. Ese olor no era un rito ocasional. Números 28 y 29 montan un calendario de ecatombes. Holocausto cotidiano. Otros dos corderos cada sábado. Cada mes, dos novillos, un carnero, siete corderos y un cabrito. En Pascua, siete días con la misma ración, además del cotidiano. En las primicias, lo mismo. El día 15 del séptimo mes los novillos ya no son dos. Son trece, más dos carneros y catorce corderos, y la fiesta sigue ocho días. Cada bloque se cierra con la misma fórmula. Ofrenda pasada por el fuego, pan, reah nihoah para Yahvé. En La Bibbia non parla di Dio dejé de contar las reses. No es liturgia. Es una cadena de suministro de humo. Después del Diluvio, Noé construye un altar y quema animales. Génesis 8,21. Yahvé huele el olor y entonces «se dice en su corazón» que no volverá a maldecir la tierra como había hecho. El alivio llega por la nariz. Un ser espiritual no necesita grasa crepitando para cambiar de parecer. Un cuerpo sí. La teología ha dicho que el humo es el alma que sube a Dios. El hebreo no habla de alma. Habla de sebo, de riñones, de leña, de fuego y de un efecto calmante sobre quien está encima del altar. En mis libros lo puse junto a lo que la fisiología sabe de ciertos humos y grasas, no para hacer novela, sino para no seguir fingiendo que aquello era un sacramento. Yahvé exige que se le prepare esa atmósfera. El pueblo paga con rebaños. Antes pagó también con primogénitos pasados por el fuego, como él mismo reconoce en Ezequiel 20. Así se cierra el retrato con lo que faltaba. No solo ordena vaciar ciudades, reservarse muchachas y reclamar al primer nacido. También necesita —o desea— el tufo de la carne chamuscada como quien necesita una dosis. El «Dios del incienso» de las iglesias es la versión desodorizada. En el texto, el jefe de Israel se calma oliendo lo que arde. En definitiva, la Biblia más vendida es una intencionada traducción equivocada de los textos hebreosLa Biblia de la que hablo no es otro libro. Es el mismo conjunto de escritos hebreos que está en la base de la Biblia que la mayoría de la gente tiene en casa. El llamado Antiguo Testamento. El Tanaj. Los mismos relatos, los mismos nombres, los mismos versículos. Lo que no es igual es lo que se ha hecho con ese texto. La Biblia que casi todos tenemos no es el original. Es una traducción. Y a menudo una traducción de otra traducción. Del hebreo se pasó al griego de los Setenta. Del griego al latín de la Vulgata. Del latín a las lenguas modernas. En cada paso se eligieron palabras. Y esas elecciones fueron intencionadas. En el hebreo no está escrito “Dios”. Está escrito Elohim, que es un plural. En el hebreo no está escrito “el Señor”. Está escrito YHWH, un nombre propio. En el hebreo no está escrito “ángeles alados”. Está escrito malakhim, enviados. En el hebreo no está escrito “gloria divina”. Está escrito kevod, un objeto pesado y luminoso. En el hebreo no está escrito que el hombre fue hecho a imagen espiritual de un ser eterno. Está escrito tselem y dmut, términos que en otros contextos indican una forma física, una estatua, una copia. La versión que hay en casi todos los hogares proviene de modificar el texto hebreo. Lo han trabajado, lo han reelaborado, le han añadido y le han quitado. Faltan libros que el propio corpus menciona. Cambian los cánones según el país y según la iglesia. El título sigue siendo el mismo. El contenido, no. Yo no invento otra Biblia. Abro la que ya existe y la leo en la lengua en la que fue escrita, palabra por palabra, sin el filtro que la teología ha colocado encima durante siglos. Si esa lectura descoloca, no es porque yo haya cambiado el libro. Es porque el libro, leído así, no dice lo que nos han dicho que dice.Para Neville Goddard la Biblia es un drama psicológico que se representa por completo dentro de la conciencia del hombre
Cualquier libro que leamos, será interpretado según nuestra programación (Sistema de Creencias). Evidentemente, la Iglesia que manipuló los escritos originales de la Biblia, no lo hizo por el bien de la Humanidad, sino para su control en esta realidad 3D, y el control espiritual por la promesa de un Más Allá (cielo) para "los borregos bondadosos y obedientes", que además, como explica Frank Kepple, vivirán en el cielo o infierno que hayan programado en su robot biológico antes de abandonarlo (muerte), perdiendo su personalidad e individualidad, olvidando quiénes son.Enrique Ramos y Frank Kepple reconocen los sueños como entrenamientos para conservar la lucidez de saber quiénes son al abandonar el robot biológico.Respeto entonces que Neville Goddard interprete la Biblia como el drama psicológico del hombre, pese a que podríamos pensar que sus autores desearían lo mejor para sus lectores, no dificultándoles la comprensión de la misma.Neville Goddard y Mauro Biglino charlan acerca de la BibliaNEVILLEEstimado Mauro Biglino, Me dirijo a usted por escrito, con el respeto que merece quien ha dedicado su vida a las palabras mismas de las Escrituras. Soy Neville Goddard. Durante más de treinta años no he tenido otro libro de texto que la Biblia. No la he leído como crónica de un pueblo antiguo, ni como código moral, ni como relato de un Dios exterior que premia y castiga. La he leído —y la sigo leyendo— como el drama psicológico del hombre: el descenso de la conciencia a este mundo de limitación y su retorno, inevitable, a la conciencia de ser. Cada nombre que aparece en sus páginas —Abraham, Isaac, Jacob, David, Jesús— no es un personaje histórico. Es un estado. Un estado que usted y yo debemos ocupar. El “Elohim” que usted examina con tanto rigor en el hebreo original es, para mí, la imaginación creadora misma, esa facultad plural que habita en cada uno y que dice, en silencio: “Yo soy”. La Biblia no me dio un Dios lejano. Me devolvió a mí mismo. Me enseñó que el único poder que existe es la conciencia que el hombre tiene de sí, y que aquello que él asume que es, eso se vuelve. “Sea hecho conforme a tu fe” no es una promesa futura: es la ley que opera ahora. Esa ha sido su importancia para mí. No un libro sagrado que se venera. Un espejo. El único espejo que no miente. Quedo a la espera de su palabra. Neville Goddard
|
|||
| Suscríbase al canal de Telegram para ser notificado de las nuevas publicaciones Gnosis | Libro |