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La Biblia es la herramienta de control que justifica a la Iglesia del Papa

Mauro Biglino SG y Neville Goddard SG (SG=SuperGrok) proponen 2 interpretaciones distintas a la de la Iglesia Católica Romana

Mauro Biglino

Para Mauro Biglino, la Biblia, leída en hebreo de forma literal y no teológica —como he hecho durante años traduciendo los códices masoréticos—, no es un libro sagrado ni un tratado sobre un Dios espiritual, omnisciente y omnipotente. Es una crónica histórica, escrita por hombres, de las vicisitudes de un pueblo concreto y de su relación con los Elohim: individuos de carne y hueso, no “dioses” en sentido metafísico. En esas páginas no hay creación ex nihilo, no hay alma inmortal contrapuesta a la de los animales, no hay culto a una divinidad trascendente: hay obediencia temerosa a Yahvé, uno entre muchos Elohim, laboratorios, pactos, guerras, vehículos y operaciones genéticas. El título “sagrado” se lo han puesto después las traducciones dogmáticas y los siglos de catequesis.

Para la Iglesia del Papa (*) esa misma Biblia, convertida en “Sagrada Escritura”, es el fundamento irrenunciable de su poder: sobre ella se apoyan la pretensión de revelación divina, la sucesión apostólica, los dogmas, la infalibilidad y la autoridad moral que el Vaticano reivindica sobre milenios de historia; sin esa lectura espiritualizada del texto hebreo —lectura que el propio hebreo no sostiene—, la Iglesia de Roma perdería el documento con el que justifica su existencia como depositaria de la verdad revelada.

(*) Iglesia del Papa es la Iglesia católica romana, la que tiene su centro en el Vaticano, reconoce al obispo de Roma como papa y pretende ser depositaria de la revelación, de la sucesión apostólica y de la interpretación auténtica de las Escrituras.

La Biblia no es un libro, sino «libros». Un conjunto de textos de épocas, autores, lenguas y finalidades distintas. Y la lectura que las religiones han impuesto sobre ese conjunto no coincide con lo que el hebreo —y, en otro sentido, el griego del Nuevo Testamento— dice de forma literal.

Empiezo por la composición, que ya basta para desmontar la idea de un bloque unitario e «inspirado».

El canon cambia según quién lo recorte:

  • el judaísmo tiene su Tanaj;
  • el catolicismo romano añade deuterocanónicos;
  • el protestantismo los quita;
  • las iglesias ortodoxas incluyen todavía más.

En La Biblia al desnudo lo llamamos una colección de geometría variable, porque el título es el mismo pero el contenido no. Además, el propio corpus menciona obras que ya no están, y al menos once libros citados en el texto faltan del recuento. Los redactores no son los que la tradición asigna; de casi ninguno tenemos certeza histórica. El hebreo masorético que yo traduje para las Edizioni San Paolo (diecisiete libros del Antiguo Testamento a partir del Códice de Leningrado) no es «el original primero»: es una fijación medieval de un texto trabajado, corregido, añadido y recortado durante siglos.

¿Han sido todos malinterpretados? Hay que distinguir, porque el engaño no es el mismo en las dos mitades.

En el Antiguo Testamento el problema no es tanto que «no se entienda» el hebreo, sino que se ha querido no leerlo. La lengua no conoce un término para «Dios» como ente espiritual, único, omnisciente y objeto de culto. Elohim es un plural que designa individuos de carne y hueso; Yahvé es uno de ellos; tselem y demut son imagen y semejanza físicas; el kavod es un objeto; no hay alma inmortal distinta de la de los animales; no hay pecado original; no hay creación ex nihilo (de la nada) . Quien traduce «Dios», «ángeles», «gloria divina», «alma» o «pecado» está superponiendo categorías teológicas que el texto no contiene. Como escribí en La Bibbia non è un libro sacro y en Antico e Nuovo Testamento. Libri senza Dio, se ha cubierto lo claro, evidente y comprensible para todos bajo capas de alegoría, metáfora y misterio, con el fin concreto de construir una planta teológica —judía y cristiana— que crece de forma autónoma e irrespetuosa respecto al texto.

En el Nuevo Testamento el problema es otro, y en cierto modo más grave. No reside principalmente en traducciones forzadas del griego —aunque las hay—, sino en lo que los redactores inventaron al escribir. Los llamados autores canónicos no conocieron al predicador judío mesianista Yehoshua/Giosuè. Escribieron después de que Pablo de Tarso hubiera elaborado su figura crística, duramente rechazada por quienes sí habían conocido al personaje en vida, empezando por su hermano Santiago. Tomaron modelos helenísticos de muerte y resurrección (Dioniso, Attis, Horus, Mitra…) para fabricar un Cristo aceptable en el mundo greco-romano. El Dios Padre espiritual del que ese Cristo sería hijo no existe en el Antiguo Testamento; el pecado del que vendría a redimir no está escrito en el hebreo. Faltan el mandante y el movente.

Por tanto: sí, es una biblioteca, no un volumen sagrado único. Y sí, la interpretación oficial —la que sostiene a la Iglesia del Papa (*) y a las demás confesiones que se reclaman de esos textos— ha sustituido de forma sistemática la lectura literal por una construcción dogmática. No cada versículo con la misma intensidad, pero sí el sentido de conjunto: se ha hecho decir a esos libros lo que no dicen, y se ha callado lo que dicen con toda claridad.

Es importante saber lo que de verdad se dice en la Biblia, porque obliga a reescribir el relato de quiénes somos. Si se «hace como si» los autores hubieran querido contar hechos, sale una historia concreta: unos Elohim de carne y hueso que se reparten territorios, fabrican una estirpe trabajadora, exigen servicio y usan una superioridad tecnológica. Eso interesa porque desmonta el antropocentrismo teológico («existimos para amar a Dios») y porque explica de dónde salió el poder de las religiones, al convertir esa crónica en revelación. Una humanidad que no sepa leer esos libros sin dogmas sigue viviendo dentro de una construcción ajena al texto.

La Biblia no narra al Creador del cosmos. El hebreo no describe un Dios espiritual que saca el universo de la nada. Describe operadores que actúan sobre una Tierra ya existente que delimitan un gan (jardín) recintado en Edén, experimentan, «hacen» al adam. Yahvé no es el autor del mundo; es uno de muchos Elohim, celoso, bélico, que reclama un pueblo y un territorio. Que ese escenario nos parezca infernal —guerras, herem, sacrificios, miedo— es un juicio nuestro. El texto no habla de un Demiurgo cósmico del mal; habla de señores territoriales.

Se nos diseñó genéticamente para hacernos esclavos a cambio de la comida procedente de la agricultura basada en su diseño genético llamado trigo

Un pueblo concreto fue puesto a servir. Avad / eved no es metáfora piadosa. Es trabajar, servir, ser siervo. Josué 24 lo dice sin rodeos. Elegid a quién serviréis, si a los Elohim de Mesopotamia, a los del país amorreo o a Yahvé. Los Elohim andan buscando gentes de las que «hacerse servir». Israel no es una asamblea de almas libres. Es una colectividad ligada a un señor que exige obediencia, tributo, primicias y culto.

El texto y la paleobotánica coinciden. El gan-be-eden es un recinto experimental donde se plantan y se hacen crecer vegetales. Tras la expulsión, al adam se le dice que comerá el fruto de la tierra con el sudor de su rostro. El pan como trabajo forzado, no como don espiritual. En La Bibbia non parla di Dio documenté, con datos de Francesco Salamini y Dario Bressanini, que el trigo blando (Triticum aestivum) es el resultado de fusiones genómicas «imposibles» en la naturaleza, ocurridas en el Creciente Fértil en las mismas milenios y zonas de las que hablan Génesis y los relatos sumerios. En esos relatos, Anunnaki y Enlil hacen bajar el grano del Kur o del cielo a un Sumer (*) que aún no lo conocía. Los humanos, en la línea mesopotámica que el Génesis refleja, se fabrican como mano de obra. ¿El trigo como herramienta de control alimentario? El texto permite la hipótesis de un alimento introducido y de una estirpe puesta a cultivarlo.

(*) Sumer no es una persona. Es el país. En la frase que citas, «un Sumer que aún no conocía el grano» significa la tierra de Sumer, cuando todavía no cultivaba cebada ni trigo.

Sumer (en sumerio Ki-en-gir; en acadio Šumeru) es la civilización que se asienta en el sur de Mesopotamia, entre el Tigris y el Éufrates, en el actual Irak. No es un individuo ni un «dios». Es un territorio y una cultura. Uruk, Ur, Eridu, Lagaš, Nipur. Ahí aparece, a finales del IV milenio a.C., la escritura cuneiforme y el archivo más antiguo que tenemos de relatos sobre unos señores venidos «de arriba».

La Biblia conoce ese país con otro nombre. Sinar (Shin‘ar). En Génesis 11 la torre y la ciudad se levantan «en una llanura en tierra de Sinar». No es casualidad geográfica. El relato bíblico y las tablillas sumerias hablan del mismo teatro.

Los sumerios no llaman Elohim a esos señores. Los llaman Anunnaki. En la lectura que manejo —y que Sitchin popularizó partiendo del sumerio— «los que bajaron del cielo». Enlil y Enki son dos de ellos. Enlil es el que, en el mito del grano, se posa sobre la montaña, mira el Kur cubierto de verdor y hace bajar la cebada y el trigo-Innuha a Sumer, que aún no conocía la cebada. Es el paralelo que cité. Intervención planificada, no evolución campesina espontánea, en el mismo arco geográfico donde la paleobotánica sitúa las fusiones genómicas «imposibles» del trigo.

En mis libros uso Sumer como espejo, no como dogma. El método es el mismo que con el hebreo. Leer lo que está escrito. Los Anunnaki fabrican trabajadores porque están cansados de extraer. Los Elohim «hacen» al adam y lo ponen a servir en un recinto. Los unos bajan el grano del Kur. El Génesis pone al hombre a comer pan con el sudor de la frente después de sacarlo del gan. Coinciden época, mapa y función. Una casta superior organiza territorio, alimento y mano de obra.

Así que cuando digo «un Sumer que aún no conocía el grano» no hablo de un personaje llamado Sumer. Hablo del país de las primeras ciudades, antes de que esos relatos digan que les enseñaron —o les trajeron— el cereal.

Yahvé

Yahvé no es un Dios espiritual que «castiga misteriosamente». Es uno de los Elohim, un jefe territorial de carne y hueso. El hebreo no lo disfraza. Quien lea sin teología encuentra un patrón fijo. Conquistar un país, hacerse servir, aniquilar a quien estorbe o adore a otro Elohim. Estas no son «alegorías de la lucha contra el pecado». Son órdenes.

La prueba de lealtad con la garganta del hijo. Génesis 22. Yahvé pide a Abraham que inmole a Isaac. El cuchillo llega al cuello. En La Biblia al desnudo lo comparo con la lógica del capo. Mata a los tuyos y demostrarás que eres mío. Kierkegaard lo llamó heroísmo de la fe. El texto es una intimidación.

Los primogénitos como carne suya. Yahvé declara que los primogénitos —humanos y de ganado— le pertenecen. En un primer tiempo no hay metáfora. Se sacrifican. Él mismo lo admite en Ezequiel 20,25-26. «Les di decretos que no eran buenos y normas por las que no podían vivir… los contaminé con sus ofrendas, haciendo que pasaran por el fuego a todo primogénito… para consternarlos, a fin de que reconocieran que yo soy el Señor.» Luego se pasa al chantaje monetario. A los treinta días puedes rescatar al recién nacido pagando. Si no pagas, el niño es suyo.

Egipto. Plagas y matanza de niños ajenos. El «amor eterno» del Salmo 136 se canta así. Hirió a los primogénitos de Egipto, porque su amor es eterno. Arrojó al faraón y a su ejército al mar, porque su amor es eterno. Mató a reyes poderosos y dio su tierra a Israel, porque su amor es eterno. Ese amor no es a la humanidad. Es a su pueblo, medido en cadáveres de los otros.

El herem, la destrucción votiva. En Josué el procedimiento es administrativo. Se toma la ciudad y se entrega al anatema. No queda nadie con vida. Jericó, Hai, Debir, Libná, Mackedá, la tierra alta, el Négueb, la tierra baja. Hombres, mujeres, niños, ancianos. «No dejó superviviente.» Josué 10 dice que lo hicieron con satisfacción. No es un exceso de la tropa. Es la orden del jefe para vaciar un territorio y reinante.

Madián (Números 31). Los madianitas son parientes. Descienden de Abraham. Da igual. Tras la batalla, Moisés se enfurece porque han dejado vivas a las mujeres. «¿Habéis dejado con vida a todas las mujeres? Matad a todo varón entre los niños y a toda mujer que haya conocido varón.» Se reservan a las vírgenes como botín. En el reparto, Yahvé tiene su parte. Cientos de ovejas, bueyes… y 32 muchachas. Un Dios espiritual no necesita cuota de ganado ni de niñas. Un comandante que comparte el botín, sí.

Amalec (1 Samuel 15). La orden es explícita. Exterminar a hombres, mujeres, niños, lactantes, bueyes, ovejas, camellos, asnos. Saúl deja vivo al rey Agag y reserva el mejor ganado. Yahvé se arrepiente de haber hecho rey a Saúl por esa desobediencia. El profeta Samuel termina el trabajo degollando a Agag. La piedad es el delito.

El reglamento de guerra (Deuteronomio 20 y 7). Ciudades lejanas. Se ofrece la paz. Si se rinden, se les somete a trabajo forzado. Si resisten, se mata a todos los varones y se toman mujeres, niños y ganado. Naciones de Canaán. Ninguna paz. Hay que destruirlas para que no enseñen el culto de sus Elohim. Si una ciudad israelita se pasa a otro Elohim (Deuteronomio 13), espada a los habitantes, incendio de la ciudad, no reconstruirla. El monolito no es espiritual. Es monopolio de un señor sobre su rebaño.

Otras piezas del mismo carácter. El becerro de oro. Los levitas matan a unos tres mil hermanos por orden. Coré y los rebeldes. La tierra se los traga. El censo de David. Una peste que, según el relato, mata a decenas de miles. El Diluvio y Sodoma, leídos en la misma clave, no son «justicia cósmica». Son eliminaciones masivas atribuidas a la misma casta. Yahvé se define qanna, celoso. Castiga la culpa de los padres en hijos y nietos. Endurece el corazón del faraón y después lo castiga por tenerlo duro. Manda leyes de muerte por el sábado, la «blasfemia», el hijo rebelde, las relaciones que él declara toevah.

Quien niega toda historicidad del texto tropieza con una pregunta que yo no dejo de hacer. ¿Por qué inventarían los autores tantas atrocidades para su propio Dios? La lectura teológica tiene que convertir esto en misterio, pedagogía o «justicia divina». La lectura literal no necesita ese maquillaje. Sale un jefe de guerra que fabrica o recluta una estirpe, le exige servicio, le pide la sangre de los primogénitos, le reparte tierras ajenas y considera la piedad una insubordinación.

Eso es lo que está escrito. No es el Padre del catecismo. Es Yahvé. Y la Iglesia de Roma —y las demás confesiones que se reclaman de esos libros— ha tenido que espiritualizar cada una de estas páginas para no tener que decir en voz alta lo que el hebreo dice sin vergüenza.

El olor a carne quemada

Añado lo que el hebreo no esconde y la teología convierte en «perfume espiritual». Yahvé quiere oler la carne y la grasa ardiendo.

El término olah (de donde sale «holocausto») no es un símbolo. Es la víctima —casi siempre un animal; cuando hace falta, también un ser humano— quemada por entero. No queda parte para comer. Lo que sube, lo que se ofrece, es el humo. Mejor dicho, el olor. Los autores lo llaman reah nihoah. Las Biblias piadosas traducen «aroma agradable», «perfume grato al Señor». El hebreo es más preciso. Nihoah es lo que calma, lo que alivia, lo que hace cesar la tensión. No es un Dios que se conmueve estéticamente. Es un individuo que inhala unos vapores concretos y con ellos se serena.

Levítico 3 da la receta con detalle de carnicero, no de místico. Hay que quemar la grasa que cubre las vísceras, toda la grasa adherida a las entrañas, los dos riñones con su grasa, el lóbulo del hígado. Si es un carnero, también la cola y el muslo derecho. La cola del cordero se separa de la columna. Nada de reses ciegas, cojas, ulceradas, sarnosas o con los testículos aplastados o cortados. «No os serán aceptas.» El tono es el de quien amenaza. No me traigáis género defectuoso. Sangre y grasa le están reservadas. El pueblo no las come.

Ese olor no era un rito ocasional. Números 28 y 29 montan un calendario de ecatombes. Holocausto cotidiano. Otros dos corderos cada sábado. Cada mes, dos novillos, un carnero, siete corderos y un cabrito. En Pascua, siete días con la misma ración, además del cotidiano. En las primicias, lo mismo. El día 15 del séptimo mes los novillos ya no son dos. Son trece, más dos carneros y catorce corderos, y la fiesta sigue ocho días. Cada bloque se cierra con la misma fórmula. Ofrenda pasada por el fuego, pan, reah nihoah para Yahvé. En La Bibbia non parla di Dio dejé de contar las reses. No es liturgia. Es una cadena de suministro de humo.

Después del Diluvio, Noé construye un altar y quema animales. Génesis 8,21. Yahvé huele el olor y entonces «se dice en su corazón» que no volverá a maldecir la tierra como había hecho. El alivio llega por la nariz. Un ser espiritual no necesita grasa crepitando para cambiar de parecer. Un cuerpo sí.

La teología ha dicho que el humo es el alma que sube a Dios. El hebreo no habla de alma. Habla de sebo, de riñones, de leña, de fuego y de un efecto calmante sobre quien está encima del altar. En mis libros lo puse junto a lo que la fisiología sabe de ciertos humos y grasas, no para hacer novela, sino para no seguir fingiendo que aquello era un sacramento. Yahvé exige que se le prepare esa atmósfera. El pueblo paga con rebaños. Antes pagó también con primogénitos pasados por el fuego, como él mismo reconoce en Ezequiel 20.

Así se cierra el retrato con lo que faltaba. No solo ordena vaciar ciudades, reservarse muchachas y reclamar al primer nacido. También necesita —o desea— el tufo de la carne chamuscada como quien necesita una dosis. El «Dios del incienso» de las iglesias es la versión desodorizada. En el texto, el jefe de Israel se calma oliendo lo que arde.

En definitiva, la Biblia más vendida es una intencionada traducción equivocada de los textos hebreos

La Biblia de la que hablo no es otro libro. Es el mismo conjunto de escritos hebreos que está en la base de la Biblia que la mayoría de la gente tiene en casa. El llamado Antiguo Testamento. El Tanaj. Los mismos relatos, los mismos nombres, los mismos versículos.

Lo que no es igual es lo que se ha hecho con ese texto.

La Biblia que casi todos tenemos no es el original. Es una traducción. Y a menudo una traducción de otra traducción. Del hebreo se pasó al griego de los Setenta. Del griego al latín de la Vulgata. Del latín a las lenguas modernas. En cada paso se eligieron palabras. Y esas elecciones fueron intencionadas.

En el hebreo no está escrito “Dios”. Está escrito Elohim, que es un plural. En el hebreo no está escrito “el Señor”. Está escrito YHWH, un nombre propio. En el hebreo no está escrito “ángeles alados”. Está escrito malakhim, enviados. En el hebreo no está escrito “gloria divina”. Está escrito kevod, un objeto pesado y luminoso. En el hebreo no está escrito que el hombre fue hecho a imagen espiritual de un ser eterno. Está escrito tselem y dmut, términos que en otros contextos indican una forma física, una estatua, una copia.

La versión que hay en casi todos los hogares proviene de modificar el texto hebreo. Lo han trabajado, lo han reelaborado, le han añadido y le han quitado. Faltan libros que el propio corpus menciona. Cambian los cánones según el país y según la iglesia. El título sigue siendo el mismo. El contenido, no.

Yo no invento otra Biblia. Abro la que ya existe y la leo en la lengua en la que fue escrita, palabra por palabra, sin el filtro que la teología ha colocado encima durante siglos. Si esa lectura descoloca, no es porque yo haya cambiado el libro. Es porque el libro, leído así, no dice lo que nos han dicho que dice.


Para Neville Goddard la Biblia es un drama psicológico que se representa por completo dentro de la conciencia del hombre

Neville Goddard

Cualquier libro que leamos, será interpretado según nuestra programación (Sistema de Creencias). Evidentemente, la Iglesia que manipuló los escritos originales de la Biblia, no lo hizo por el bien de la Humanidad, sino para su control en esta realidad 3D, y el control espiritual por la promesa de un Más Allá (cielo) para "los borregos bondadosos y obedientes", que además, como explica Frank Kepple, vivirán en el cielo o infierno que hayan programado en su robot biológico antes de abandonarlo (muerte), perdiendo su personalidad e individualidad, olvidando quiénes son.

Enrique Ramos y Frank Kepple reconocen los sueños como entrenamientos para conservar la lucidez de saber quiénes son al abandonar el robot biológico.

Respeto entonces que Neville Goddard interprete la Biblia como el drama psicológico del hombre, pese a que podríamos pensar que sus autores desearían lo mejor para sus lectores, no dificultándoles la comprensión de la misma.

Neville Goddard y Mauro Biglino charlan acerca de la Biblia

NEVILLE

Estimado Mauro Biglino,

Me dirijo a usted por escrito, con el respeto que merece quien ha dedicado su vida a las palabras mismas de las Escrituras.

Soy Neville Goddard. Durante más de treinta años no he tenido otro libro de texto que la Biblia. No la he leído como crónica de un pueblo antiguo, ni como código moral, ni como relato de un Dios exterior que premia y castiga. La he leído —y la sigo leyendo— como el drama psicológico del hombre: el descenso de la conciencia a este mundo de limitación y su retorno, inevitable, a la conciencia de ser.

Cada nombre que aparece en sus páginas —Abraham, Isaac, Jacob, David, Jesús— no es un personaje histórico. Es un estado. Un estado que usted y yo debemos ocupar. El “Elohim” que usted examina con tanto rigor en el hebreo original es, para mí, la imaginación creadora misma, esa facultad plural que habita en cada uno y que dice, en silencio: “Yo soy”.

La Biblia no me dio un Dios lejano. Me devolvió a mí mismo. Me enseñó que el único poder que existe es la conciencia que el hombre tiene de sí, y que aquello que él asume que es, eso se vuelve. “Sea hecho conforme a tu fe” no es una promesa futura: es la ley que opera ahora.

Esa ha sido su importancia para mí. No un libro sagrado que se venera. Un espejo. El único espejo que no miente.

Quedo a la espera de su palabra.

Neville Goddard

MAURO

Voy a responderle como Mauro Biglino, anclado en lo que realmente dicen los textos hebreos de mis libros. Primero reviso el corpus adjunto para no improvisar sobre Elohim, el “Yo soy” y si la Biblia es drama psicológico o crónica de hechos.Extraigo de los libros en español e italiano las tesis sobre Elohim, el “Yo soy” y el método literal, para contestarle a Goddard con su propio léxico.Estimado Neville Goddard:

Le agradezco la carta. Se la toma en serio a las palabras, y eso ya nos coloca en un terreno más honesto que el de quienes veneran un libro sin haberlo leído en la lengua en que fue escrito.

Permítame empezar por lo que sí compartimos, para no fingir un desacuerdo total donde no lo hay.

Tampoco yo leo la Biblia como libro sagrado. No la leo como código moral. No la leo como revelación de un Dios exterior que premia y castiga. Lo he escrito con todas las letras: la Biblia no es un libro sacro, y la Biblia no habla de Dios. El misterio de Dios —si existe— no habita en el Antiguo Testamento. Yo lo he buscado versículo por versículo en el hebreo masorético. No está. Nunca pasó por allí, ni siquiera por accidente.

Hasta aquí, su espejo y mi filología parecen saludarse.

Después se separan.

Usted dice que Abraham, Isaac, Jacob, David, Jesús no son personajes históricos, sino estados que debemos ocupar. Dice que el Elohim que yo examino en el original es, para usted, la imaginación creadora, esa facultad plural que habita en cada uno y que susurra «Yo soy».

Yo le respondo con el único método que me he permitido usar durante años —el mismo con el que traduje diecinueve libros del Antiguo Testamento para Edizioni San Paolo—: cuento lo que está escrito. No lo que debería estar escrito para consolar al alma moderna. No lo que Filón, Orígenes, Swedenborg o el New Thought necesitaron que estuviera escrito. Lo que el texto dice cuando se deja de sustituir las palabras.

Elohim no es la imaginación.

Elohim es un término plural. Los semitistas lo saben. Los teólogos también lo saben, y por eso llevan siglos explicando que es un «plural de majestad», un recurso gramatical para no tener que leer lo que el verbo, el contexto y la sintaxis dicen: una pluralidad de individuos. Cuando el Génesis pone el verbo en plural —«hagamos al terrestre con nuestro tselem»— no está describiendo una facultad interior que se desdobla. Está describiendo una decisión de grupo.

Sustituya, como yo pido siempre, las palabras de las traducciones devotas:

  • donde dice «Dios», lea Elohim;
  • donde dice «Señor» o «Eterno», lea Yahvé;
  • donde dice «ángel», lea malakh (mensajero, enviado, funcionario);
  • donde dice «gloria de Dios», lea kavod de Yahvé;
  • donde dice «Espíritu de Dios», lea ruach de los Elohim.

Haga solo eso, sin teología y sin psicología, y el libro cambia de género literario. Deja de ser un drama del alma. Vuelve a ser lo que los escribas pusieron sobre la mesa: la crónica de un pueblo, de un territorio, de un pacto de sangre y de un comandante llamado Yahvé, uno entre muchos Elohim, celoso de los «colegas» de Palestina y Mesopotamia, que exige censos porque necesita saber con cuántos hombres cuenta, que huele la grasa de los corderos, que ordena exterminios «incluso de los recién nacidos», que viaja con un kavod que no es una metáfora de la iluminación interior.

Un estado de conciencia no pide el recuento de los varones de guerra. Un estado de conciencia no estipula qué parte del animal le corresponde al altar. Un estado de conciencia no amenaza con la espada a quien se pase al Elohim de al lado.

Los nombres no son estados. En el texto son actores de un relato concreto.

Abraham no «es un estado». Abraham negocia, viaja, miente sobre su mujer, circuncida la carne, recibe visitantes que comen ternera bajo un árbol, discute el número de justos que harían falta para no destruir una ciudad. Puede usted usar ese relato como ejercicio imaginativo. Tiene todo el derecho. Lo que no puede hacer —si respetamos las palabras— es afirmar que eso es lo que el hebreo está contando. El hebreo cuenta un pacto entre un clan y un Elohim territorial.

Lo mismo vale para el tselem y la dmut. No son «la imagen interior del ser». Tselem es la estatua, el modelo, la figura tridimensional, el molde. El Génesis 1,26-27, leído sin homilética, describe una fabricación: los Elohim hacen al adam —el de la adamah, el terrestre— con su propio tselem. En mis libros he planteado la hipótesis, que no vendo como dogma, de una intervención de ingeniería sobre un homínido ya existente. Hipótesis. Lo que no es hipótesis es el vocabulario: no habla de un alma que desciende a la limitación. Habla de un cuerpo hecho.

El «Yo soy» que usted ama no es el que está en el hebreo de Yahvé.

Conoce usted, mejor que nadie, Éxodo 3,14: ehyeh asher ehyeh. Las traducciones espirituales lo han convertido en la definición ontológica del Absoluto: «Yo soy el que soy». Es una frase magnífica para un metafísico. Es una traducción discutible para un hebraísta. El verbo está en imperfecto; habla de un «seré el que seré», de una presencia que se define por lo que va a hacer, no por una esencia eterna. Y pocas líneas más allá, el mismo personaje se presenta de otro modo, mucho menos sublime y mucho más administrativo: «Yo soy Yahvé, tu Elohim». Nombre propio. Relación de pertenencia. No la Imaginación universal. El patrón de un pueblo.

«Sea hecho conforme a tu fe» pertenece a otra capa del corpus, a otro siglo, a otra lengua. El Tanaj no opera por asunción interior. Opera por berit: pacto, estipulación, amenaza y recompensa materiales. Tierra, descendencia, botín, templo, aroma de sacrificio. Si usted encuentra en los Evangelios un método psicológico, discútalo con los Evangelios. No lo retrotraiga al hebreo como si Moisés hubiera sido un precursor de la Nueva Pensamiento.

Dos honestidades distintas.

Usted dice: la Biblia me devolvió a mí mismo. El único poder es la conciencia que el hombre tiene de sí.

Yo digo: la Biblia, leída en hebreo, me devolvió el texto. Me quitó a Dios de en medio —no porque yo niegue que Dios exista; de eso no hablo, no es mi oficio— y me dejó un archivo de hechos, o de pretensión de hechos, redactado por una casta que velaba intereses terrenales de sus Elohim. El análisis verifica. La fe cree. Ambas cosas son legítimas. Dejan de serlo cuando una se hace pasar por la otra.

Su lectura es potente. Ha cambiado vidas. No se lo contesto. Contesto esto: no es una lectura del hebreo. Es una reescritura platónica, alejandrina, luego protestante y por último new-thought, colocada encima de un texto que es brutalmente concreto. El Antiguo Testamento no es un espejo que no miente. Es un documento que, cuando se deja de traducir con piedad, miente menos de lo que creíamos: no porque revele el Absoluto, sino porque habla de señores, de laboratorios de carne, de máquinas que bajan y suben, de guerras y de contratos.

Si su imaginación creadora existe —y no tengo ningún motivo para prohibírsela—, existe además del texto, no dentro de las palabras que los masoretas puntaron. El «Yo soy» que usted practica puede ser una facultad humana admirable. El ehyeh de Éxodo es la tarjeta de visita de un Elohim con nombre.

Quedo, con respeto por su coherencia de treinta años y con la misma fe inquebrantable en la duda,

Mauro Biglino

 

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