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Lucidez tras abandonar tu robot biológicoEnrique Ramos nos lo explica desde su experiencia
En Más allá del más allá recuerda que sueño lúcido, experiencia fuera del cuerpo y proyección astral son el mismo fenómeno. Consiste en dejar que el cuerpo caiga dormido mientras la mente entra lúcida en otra realidad. Por eso la correspondencia entre sueño y muerte es inmediata para cualquier practicante. Ciertas corrientes, como el budismo, afirman que la muerte podría ser nuestro último sueño. Hay una analogía clara entre el ciclo despertar-sueño y el ciclo vida-muerte. Todas las noches nos abandonamos a la pérdida de consciencia con la certeza de que al día siguiente volverá. La muerte supone un abandono semejante, como si durmiéramos. Si cada mañana recuperamos la lucidez, resulta lógico pensar que podemos resurgir despiertos en otro mundo. Cualquier soñador lúcido defendería esta analogía. En sus primeros viajes oníricos, al despegarse del cuerpo físico, él mismo pensó que se estaba muriendo. Esa sensación de que los sueños lúcidos y las experiencias fuera del cuerpo son un entrenamiento para la muerte la comparten quienes provocan el proceso a voluntad y también quienes lo han vivido de forma involuntaria. La literatura especializada está repleta de testimonios. En Mindalia lo formula sin rodeos. La muerte es un sueño. Los budistas tibetanos dicen que es el último sueño. Cuando te mueres, te duermes. Si has entrenado la lucidez, puedes despertar en ese sopor profundo y dirigir el viaje. Ese es el objetivo de los monjes. Controlar el proceso de la muerte. El fenómeno es el mismo que una experiencia extracorporal. De joven, flotando pegado al techo, creyó estar muerto. La experiencia cercana a la muerte ocurre por enfermedad, trauma o accidente, pero el fondo es idéntico. La muerte es un sueño y el sueño también es una muerte. Por algo los budistas llaman al sueño la muerte chica. Cada vez que te duermes mueres al mundo físico porque ese mundo desaparece. Creemos que estamos en la cama, pero la consciencia no está allí. Cada noche es una preparación para la muerte. Por eso el sueño es tan importante. En Los sueños lúcidos una realidad alternativa precisa el mismo argumento con el yoga del sueño tibetano. Esa práctica no deja de ser la práctica de los sueños lúcidos. Habilita a la persona para cruzar más allá de la muerte sin caer en el sopor que conduce al olvido de la verdadera identidad. Siendo la muerte el último sueño, estas prácticas permitirían despertar al instante, cuando llegue la hora, para transitar el bardo con un control total. Si no estuviéramos adiestrados en el manejo de los sueños conscientes no seríamos capaces de reconocer el estado intermedio del bardo, de la misma manera que casi nadie es capaz de reconocer que está soñando. Los sueños lúcidos sirven también para dominar los demonios interiores que atacan en forma de pesadillas. De manera equivalente, el budismo considera que, al morir, ese adiestramiento permite vencer a las criaturas que pretenden encadenarnos otra vez a la rueda de las reencarnaciones. En Más allá del más allá desarrolla la analogía del bardo del devenir. El difunto, acosado por terrores, quiere escoger cuanto antes unos nuevos padres y volver a nacer. Esos demonios no son reales, pero el fallecido no lo sabe porque no dispone de suficiente lucidez. Es lo mismo que ocurre en una pesadilla horrible. Lo que deseamos entonces es despertar y regresar a la vigilia. En la muerte, lo que más se ansía es regresar a la vida para librarse de los terrores. La salida no es huir a ciegas hacia otro cuerpo. Es despertar dentro. Así como un soñador lúcido duerme, sueña y, gracias a un entrenamiento específico, despierta dentro de su propio sueño, podemos despertar en el más allá cuando hayamos fallecido. Por eso los monjes incluyeron los sueños lúcidos en su rutina. Sabían que despertar dentro de los propios sueños era viable y que cualquiera puede ser instruido para conseguirlo. Esperan que esa habilidad les dé la capacidad de despertar también en el instante de la muerte. Ramos distingue el uso occidental del uso tibetano. En nuestra sociedad hay quien emplea el sueño lúcido para divertirse, quitar estrés, resolver problemas u obtener información. Solo unos pocos advierten que es, posiblemente, la mejor herramienta que tiene un ser humano para avanzar en el camino espiritual. Ese es el sentido que el budismo tibetano da a los sueños lúcidos. Los considera un medio de transformación personal y, sobre todo, un medio para dirigir nuestro destino después de la muerte.
Esa preocupación por el olvido no es solo tibetana. En Egipto, el cuidado de la momia y de las inscripciones con el nombre del difunto apunta al mismo temor. El espíritu debía reconocerse antes de emprender el viaje. En muchas culturas, tocar los objetos del otro mundo o probar su comida hace olvidar el origen y cierra el regreso. Ramos ve en esos relatos la misma lección práctica. Sin identidad no hay dirección. Sin dirección, el tránsito se convierte en un sueño ordinario, arrastrado por escenarios, miedos y hábitos. En la entrevista de Mindalia, Ramos describe qué diferencia un sueño inconsciente de uno lúcido, y esa diferencia es exactamente la que quiere llevar al último tránsito. En el sueño común, aunque sea vívido, no hay identidad plena ni capacidad crítica. Uno se deja arrastrar y acepta los acontecimientos según llegan. En el sueño lúcido se sabe quién se es, de dónde se viene y que en algún momento hay que volver. Hay control de las propias decisiones, no del escenario entero. Es la misma sensación que al pasar de la cocina al salón. Se sigue siendo uno mismo. Recuerdos completos, identidad plena y capacidad de decidir. Si la muerte es el último sueño, entrenar esa lucidez evita que el abandono del cuerpo físico sea solo otra pérdida de sí.También insiste en que la consciencia no está atada al cerebro, al tiempo ni al espacio. El cerebro es un sintonizador, no el origen. Cuando ocurre la muerte se abre la puerta a esa no localidad que siempre ha estado ahí y que aquí apenas percibimos. Quien solo conoce la realidad física toma esa realidad como base de todo, y no lo es. Es una entre múltiples realidades creadas por la consciencia. El entrenamiento lúcido enseña, todavía en vida, a cambiar de sintonía sin perder el yo. Por eso no es un privilegio de unos pocos. Es trabajo. Ramos no se siente especial. Se siente un currante. Cualquiera, con persistencia, puede aprender a dormir el cuerpo y mantener la mente ligeramente despierta. Esa vía, practicada de madrugada y de forma repetible, es la que convierte la salida del robot biológico en un acto consciente.
En síntesis, para Ramos entrenar los sueños lúcidos es ensayar cada noche el instante en que el robot biológico se apaga. El cuerpo se duerme. La consciencia se desplaza. Si no hay lucidez, el más allá será un sueño inconsciente, una pesadilla kármica o una reencarnación apresurada. Si hay lucidez, identidad y decisión, el último sueño deja de ser un sopor y se convierte en un viaje dirigido. Esa es la importancia que le concede. No el espectáculo de volar o de visitar otros mundos por curiosidad. El derecho a no olvidarse de uno mismo cuando el cuerpo ya no esté. SurfeandoMatrix es Hackear el infierno Holojuego Matrix teniendo el control de nuestra realidad
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